miércoles, 4 de septiembre de 2019

Nuevos Trazos

Mujer dibujando en blanco y negro

    Había olvidado esa ráfaga de adrenalina que corre por el cuerpo aún después de una función. Ese sentimiento de que todo está bien en el mundo y que puedes hacer lo que sea es la mejor medicina para un corazón roto; aunque no lo enmiende, al menos por un efímero instante, las penas se vuelven música y las angustias se ahogan en aplausos. La “terapia de escenario”, como llama Layla a mi reencuentro con los números principales de La Feria, ha sido una de mis grandes motivaciones para salir de la cama todos los días. Poco a poco mi vida va tomando forma otra vez después de verla desintegrarse con la partida del Arlequín.

    El tiempo no ha pasado en vano desde que me reencontré con Layla en su tienda aquella noche. No sabía que la extrañaba tanto. Ojalá hubiera podido decirle lo arrepentida que estoy de no haberme quedado con ella, que aún hoy no estoy segura si decidí quedarme con Dalibor porque realmente quería una vida a su lado o por miedo a perseguir nuestros sueños juntas, y lo mucho que significa ella para mí. Echaba tanto de menos esa pasión con la que habla de combinaciones de color y de las sutiles diferencias que existen entre tantas clases distintas de papel. La extrañaba a ella, su voz, la calidez de su compañía, su peculiar mundo de emociones plasmadas en lienzo y sus abrazos con olor a tinta. Esa noche platicamos solamente un par de horas, nada comparado con las veces en que pasábamos la noche en vela creando historias en las que convergían nuestros universos, pero ese tiempo bastó para darme cuenta de lo mucho que había perdido a cuenta de Dalibor – o a cuenta mía bajo ese pretexto. Jamás mencioné el nombre del Arlequín en esa conversación y ella nunca pronunció un “te lo dije”, pero hubo instantes en que sus ojos no pudieron ocultarme el dolor que yo le había causado ni el resentimiento que ella le guardaba a él.

    Lo que era cierto es que yo había dejado que mi vida se descarrilara, mientras descendía en espiral por la desesperación y la angustia de perder a quien amaba más en el mundo, había abandonado todo aquello que me hacía feliz antes de estar con él. No había tocado mis tambores en meses, mi estancia en la Feria había traído más pesares que alegrías para todos y tenía suerte de que el dueño me dejara conservar mi remolque. Los meses siguientes fueron como despertar de un letargo que me impedía ver cómo mis mayores deseos se evaporaban y ahora no tenía idea de por dónde empezar a reparar el daño. Me sentía sola, traicionada y aterrada por un futuro incierto. Le lloré tanto a nuestros planes sin concretar, a las pequeñas bromas que no le pude contar y que sé que le habrían divertido, al “nosotros” que nunca fue. De a poco me fui fabricando una rutina diaria: Despertar – vestirse – comer – ensayar – tocar en la función – dormir – repetir, y con el tiempo, dentro de este monótono bucle fui encontrando nuevas alegrías, nuevas experiencias, y nuevos comienzos.

    En mi afán por escapar de mi pesadumbre he sido aprendiz voluntaria de todas las disciplinas en la Feria que me han recibido. Ahora sé cómo mezclar los óleos para aplicarlos en el lienzo, cómo preparar el té para las lecturas, cómo condimentar las palomitas de maíz para que queden en su punto, cómo balancearme en un monociclo, y hasta cómo es que se debe escupir el combustible para convertirse en la verdadera encarnación de un dragón sin morir en el intento. Me he atrevido a dejar que gente nueva entre en mi vida, he visitado lugares que jamás pensé que existieran, he vuelto a involucrarme en el mundo – y todo gracias a la insistencia de Layla, mi cómplice en tantas aventuras antes inimaginables. Mi vida dista mucho de lo que era no hace tanto tiempo. Y, aunque me siento infinitamente afortunada por mis nuevas amistades y mis increíbles peripecias, no puedo evitar extrañar a Dalibor de vez en cuando. No voy a negarlo, cuando recién empezaba esta vida tan diferente, procuraba recordar todo lo que había pasado en el día por si alguna vez podía contárselo. Repasaba cada momento, cada sitio, para tener presentes los detalles por si algún día él estaba ahí para escuchar la anécdota. Sin embargo, las historias se acumulaban y se hacían cada vez más difíciles de explicárselas a alguien que no conocía ni las circunstancias, ni los lugares visitados, ni a la gente implicada. Dejé de guardarle historias cuando me di cuenta de que tardaría más en explicarle el contexto que el relato en sí, eso significaba que él ya no estaba involucrado en absoluto en mi vida – y que no iba a volver.

    Hoy fue una de esas noches en las que el fantasma del Arlequín y mi vida a su lado me llenaron de melancolía por otros tiempos. Me escabullí dentro del Laberinto de Cristal como en conmemoración a un pasado distante que recuerdo con cariño pero al que no quiero regresar jamás. Mi atracción favorita siempre me dio una cálida bienvenida, pero esta vez no pude evitar sentirme desencajada del lugar. Quizás han cambiado demasiadas cosas, quizás no le ha dado tiempo a mi corazón de cambiar a la misma velocidad que mi exterior, probablemente el problema sea que veo a esos cambios como una pantalla para distraerme de lo que siento. Casi no reconozco a la persona en el espejo frente a mí. Su ropa, su figura, su maquillaje y su cabello, que últimamente han sido enaltecidos con incontables cumplidos, se ven muy diferentes a lo que recuerdo. Examino mi reflejo una última vez como buscando a la persona que fui, pero ella está tan lejos de aquí. Pienso que quizás a quien extraño es a ella y no a Dalibor – la extraño a ella antes de Dalibor.

    - “¡Fénix, se nos hace tarde para la fogata!”, exclamó Layla apenas me vio regresar a mi remolque.

    Toda mi nostalgia pareció desvanecerse al ver a la caricaturista emocionada por una nueva aventura. Me apresuro a arreglarme un poco para comenzar lo que seguramente será una fascinante noche, como todas la que he pasado con ella. Me imagino que un día el destino nos llevará lejos de aquí, tan lejos que el recuerdo del Arlequín no pueda alcanzarme.

*Foto: GoaShape en Unsplash